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Sobre la paz y la felicidad

Tanto la paz como la felicidad son el estado natural de todos nosotros. Lo demuestra la capacidad infinita que tienen los niños para gozar. Cuando crecemos el condicionamiento social nos va imponiendo una creencia que aceptamos  sin cuestionar.  La creencia de que la paz y felicidad son algo que debemos ganarnos. Algo que sólo puede ser encontrado en un futuro y por medio de algún mecanismo, casi siempre como consecuencia de alguna meta u objeto.

Pues qué sorpresa tan grande descubrir que es la misma búsqueda de la felicidad lo único que nos impide experimentar la felicidad. Pues la búsqueda lleva implícita la premisa de que no tenemos aquello que buscamos. La realidad que aparentemente experimentamos, está hecha de creencias y es pues esta sencilla creencia la que nos impide ser felices.  La creencia de que debemos salir a conquistar nuestra felicidad. 

Pero qué creencia tan equivocada y de qué manera absoluta determina todas nuestras vidas y nos hunde en un sinfín de calamidades.  

No hay nada que nos pueda hacer más completos, nada que nos pueda dar felicidad. Es fundamental comprender esto. Nuestra naturaleza esencial ES la paz y felicidad y es el olvido de esto y la consecuente obsesión por recuperarla lo que nos enreda en las miles de historias que llamamos vida y nos hace vivir la infelicidad y el conflicto.  Es así como comienza a girar la rueda inclemente del deseo.

Fijémonos en la naturaleza de la búsqueda. Siempre que salimos a buscar felicidad y la encontramos aparentemente gracias a algún objeto o experiencia. ¿Qué es lo que verdaderamente ocurre?  

En mi opinión la felicidad que experimentamos en esos momentos no son sino producto de que la mente ha quedado satisfecha, de modo que se detiene la persecución y con ello es el aroma mismo de nuestra siempre naturaleza la que se experimenta como felicidad. Es decir, una mente que deja de buscar es una mente que queda clara y capacitada para reflejar la naturaleza de lo que somos.

Equivocadamente creemos que tal o cual cosa fue la que nos dió la felicidad y así nos pasamos la vida entera en una frenética y desconsolada búsqueda de más de esos objetos y experiencias para que nos den más de esa felicidad. Y hemos caído en una trampa garrafal.  En realidad la felicidad fue sólo la percepción, aunque sea por un momento, de nuestra propia naturaleza gracias a una mente que por un momento quedó satisfecha y por ende en silencio. 

Diciéndolo de otro modo ¿Qué es lo que nos hace felices cuando obtenemos algo que añoramos, o vivimos una experiencia fuertemente deseada? Pues no es otra cosa que la aceptación plena del momento presente tal y como se muestra. Porque una mente que acepta es una mente que no ansía, es una mente no ansiosa, libre de conflicto que recibe con amor lo que es.  La aceptación misma es la felicidad y no el objeto de la experiencia.  

Para la mayoría de nosotros la dicha queda confundida con el objeto, pero no hay que equivocarse, la dicha es la frecuencia natural de una mente quieta que no está corriendo hacia el futuro.  Esencialmente somos esa dicha.  Nuestra naturaleza es libre de conflicto.

Yo sugiero una vida sencilla, sugiero encontrar la cualidad más sutil de ser y aprender a sintonizar con ella.

Aprender a sintonizar con la paz y el amor que somos. Permitiendo que la mente se vuelva menos complicada, menos ambiciosa, una mente quieta es necesaria para sintonizar con nuestra naturaleza más íntima.  

Ayuda mucho saber que no hay cosa que nos pueda hacer felices, como también saber que no hay nada que modificar en uno mismo. Que todo está bien como está, que no hay patrones ganadores y que la aceptación plena es la opción más sabia.  

Ayuda también saber que las cosas ocurren como deben ocurrir y que cualquier respuesta es siempre la correcta. No hay que ser mejores, no hay que ser más virtuosos, no hay que salir a perseguir nuestros sueños, nada de eso es necesario si lo que queremos es la sencilla paz y felicidad que es la vida y que es lo que en última instancia somos.

Eso que ya somos. 

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MATEO

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